miércoles, 24 de enero de 2018

Cine: La forma del agua







LA FORMA DEL AGUA
Guillermo del Toro
EU, 2017






Así pues, por segunda vez los fariseos llamaron al ciego.
—Di la verdad ante Dios, sabes que él es un pecador.
—Si es pecador o no, no lo sé —dijo el hombre—. Todo
lo que sé es esto: una vez yo fui ciego, y ahora puedo ver.
Juan 9, 24-26






A Luis, Carcass, por los monstruos;
A Gaby por las largas pláticas de cine y vida



Muy posiblemente El laberinto del fauno (2006), sea la película más profunda de Guillermo del Toro. En ella, lo femenino encarnado —La fertilidad personificada por Carmen, la madre gestante; el umbral de niña a mujer representado por una Ofelia de trece añitos, huérfana de padre; y finalmente Mercedes, la mujer joven, una especie de Antígona—, se enfrenta a los abusos del poder. Las tres personajas están vinculadas al flujo de la vida a través del bebé (la madre que gesta, la hija-hermana que sacrifica, la mujer que cría), pero también están enlazadas a la muerte a través del capitán de la Policía Armada; un tal Vidal encargado de erradicar los últimos guerrilleros republicanos escondidos en las serranías después de la guerra civil en 1944.


Escena: El laberinto del fauno

Es cierto que del Toro, como en los cuentos infantiles, utiliza los arquetipos femeninos (madre, hija sacrificada y doncella rebelde) para criticar el poder patriarcal de las sociedades modernas, pero su genialidad no radica en ello, sino en la idea de que las estructuras autoritarias de poder se infiltran y erosionan la dimensión simbólica del ser humano. Para demostrarlo utiliza el género fantástico y los monstruos en sus películas.







En efecto, en el mundo onírico de Ofelia, huérfana de padre, existe un Fauno tiránico que le exige tres pruebas de obediencia ciega a cambio de su deseo; volver a ser la hija de un amantísimo padre subterráneo. La película narra el transito de Ofelia por las pruebas que aparecen paralelamente en los dos mundos, el material y el onírico, hasta llegar a la tercera prueba donde Ofelia debe elegir entre su deseo y la vida de su hermano recién nacido. En un mundo donde solemos sacrificar al otro en beneficio propio, Ofelia se distingue y se niega a derramar la sangre del bebé, como exigía el Fauno, eligiendo el sacrificio propio.


  

En cambio, como lo expresa el cartel publicitario, La forma del agua es una historia de amor cortés (hombre mujer, un Tristán e Isolda fundiendo sus cuerpos para rozar lo sagrado) y como tal es predecible y a veces simplista en su guión. ¿Por qué entonces tanta ovación?

Posiblemente se deba a las características de lo monstruoso. En el Laberinto del Fauno el monstruo es interno, no existe; es producto de la sensibilidad de Ofelia la protagonista, de sus temores y deseos. En cambio, en La forma del agua el otro monstruoso es un dios... y eso, que podría ser una tontería, me parece que es importante y la clave para que muchos la llamen, quizás en el calor de la emoción, una obra maestra.



La forma del agua es un mito, no un cuento ni una fábula, que utiliza el discurso tradicional del amor cortés para hablarnos de un mundo naciente. Recuerda en su propuesta al mito cristiano, cuando un dios, dice la tradición bíblica, preñó a una mortal. Quizás la amó, nada se dice al respecto, lo que sí sabemos es que era una mortal de la más baja escala.


Detalle de la anunciación.
Iglesias ortodoxas Rusia


Lo mismo sucede en La forma del agua, el personaje antagónico, que se asume a la imagen y semejanza del dios monoteísta (hombre, blanco, barbado y poderoso) le pregunta al científico ruso qué grupo, qué comando de élite fueron los responsables del secuestro de “la cosa”. El científico ríe burlón y responde que no fue ningún comando de élite, ningún enemigo preparado especialmente para la ocasión sino la última de los últimos. Esa que limpia los baños en un trabajo nocturno y subterráneo y elige entre sus afectos a homosexuales y negras. La que es mujer y no tiene voz, ni siquiera lenguaje para erigirse como superior entre las creaciones humanas. Un vínculo semejante al propuesto por del Toro —la empatía como acto de amor—, aparece en el multipremiado film corto holandés, The space between us de Marc S. Nollkaemper (2015),
pero contextualizada en un mundo apocalíptico. En ambos la empatía hacia el otro diferente deviene un acto de amor que se enfrenta a la norma, al poder y a las diferencias.




En un mundo post-nuclear, donde falta el oxígeno, una humilde limpiadora Juliette elige salvar a un sireno llamado Adam quien ha sido capturado para extraerle sus branquias, última esperanza para la humanidad





En esta época de moral señorial que divide a los seres humanos en inferiores y superiores; en donde el color de piel, el oficio, los estudios universitarios, el país de origen y las lenguas que se hablan determinan el estamento, la casta o la clase social, una película de amor cortés se quiere inquietante. Sólo échenle un ojo a nuestros precandidatos presidenciales y sus campañas, (al respecto una nota: Castas y usos políticos del español); incluyendo las valoraciones racistas que se le hacen en la red a la candidata independiente Marichuy, o lo dicho por Trump acerca de los países de mierda y los valiosos para confirmar el sistema diferenciado que nos rodea. Por ello, en este contexto de altos y bajos la película de del Toro, insisto, adquiere otra dimensión... va más allá que una simple crítica al poder y un homenaje a la otredad pues anuncia mundos nuevos.
 


Otros lo han hecho, pienso en la película Madre donde Aronofsky vincula, a partir de alegorías bíblicas, la idea de un dios padre demandante y absolutista con la violencia de las sociedades modernas y la destrucción de la madre naturaleza. Como Madre, La forma del agua cuestiona las estructuras simbólicas desde las cuales juzgamos el mundo, estructuras monoteístas y verticales que, yo intuyo, están muriendo.




La forma del agua,
Guillermo del Toro
EU 20017

 
El laberinto del fauno,
Guillermo del Toro
España-México 2006

Madre,
Darren Aronofsky
EU 2017

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